“Quien no me ame sufrirá un infierno. A los rebeldes hay que matarlos como ratas “. Estas palabras pronunciadas por Gadafi para enfrentar las manifestaciones cívicas en contra de su gobierno de 42 años fueron suficientes para que mayoritarios sectores occidentales conformados en una opinión pública poderosa aceptaran como buenas las informaciones que referían masacres genocidas perpetradas por el ejercito libio en contra de indefensos ciudadanos.
De esta manera el mundo, por intermedio de la sincronización mediática, sentía que frente a sus ojos la aviación y las huestes de Gadafi cometerían una carnicería en Benghazi , la cual de manera jaquetona y relamida había sido anunciada por Saif al-Islam , hijo de Muanmar Gadafi quien además , dentro de su talante brabucón, se permitió unos ataques personales contra Sarkozy que a la postre resultaron letales puestos a observar el papel que ha jugado Francia como país que ha encabezado las embestidas diplomáticas y militares contra el gobierno libio.
Hizo malos cálculos el Coronel Gadafi en torno a la tolerancia de las grandes potencias frente a los eventos políticos que se desarrollan en el mundo árabe. Es posible que nadie de su entorno le haya dicho que dentro de las democracias occidentales existe un movimiento poderoso que está satanizando la presencia de árabes y musulmanes dentro de sus propios países y que por ello es obligante para las elites políticas dejar claro ante sus electores el “quién manda” sobre el planeta, cumpliéndose así la doble función, la manifiesta y la latente, de la cual hablaba Robert Merton al analizar el modo de ejercer el poder. La función manifiesta es el cumplimiento de la Resolución 1973, la función latente es aclararle al mundo que es el club de las superpotencias el que decide el destino global de la Tierra.
Y como los grandes medios de comunicación social funcionan con base a una alta definición de claroscuros , la acción del ejército libio en contra de los rebeldes opositores fue presentada como la consumación de una masacre relacionada directamente con las palabras por las cuales Gadafi anunciaba un exterminio, obviándose de esta manera uno de los contenidos de la Resolución 1973 que obligaba a una verificación en vivo de los sucesos, y al no existir esta constatación de realidades cabe la posibilidad de que todo haya sido un “ un gran malentendido” como ha dicho el hijo bocón del líder libio, aunque, además, poco importaba esta verificación cuando lo importante era el cumplimiento de la función latente de demostrar quien tiene el poder.
Pero como toda violencia tiene un efecto rebote, la violencia con la cual actúan los integrantes de la alianza ha traído criticas y objeciones, incluidos desacuerdos entre los propios países que ejecutan la Resolución de la ONU. Uno de los puntos conflictivos es quien debe comandar los operativos, problema que se crea por la posición del Presidente de EEUU Barak Obama quien a diferencia de su precedente Bush juega a la política sobre un tablero de ajedrez y no sobre uno de zorros y gallinas.
El dilema moral en torno al actual escenario de Libia es: ¿se justifica una intervención militar de este calibre? Responder esta pregunta nos coloca dentro de un laberinto donde las calles ciegas se construyen con argumentos históricos y políticos muy sólidos. Por un lado tenemos a un Gadafi que amenazó y al parecer estaba cumpliendo acabar a sus opositores como si fuesen ratas, un Gadafi que en la década de los ochenta cometió actos de terrorismo, confesados por el mismo en el caso de dos aviones de pasajeros. Como si esto no bastara el propio gobierno libio puso lapso de horas para pulverizar la resistencia en Benghazi, segunda ciudad en importancia después de Trípoli, acción que suponía según los grandes medios de comunicación una masacre contra un millón de ciudadanos indefensos. Sobre este marco de consideraciones el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la intervención armada, sobre este marco se actúa militarmente, con una contundencia que según rusos y chinos excede los propósitos de la Resolución aprobada y sobre la cual ellos se abstuvieron.
Por otra parte tenemos la visión de quienes aun ven a Gadafi como el auténtico fundador de la patria Libia, un país al cual la ONU confirió partida de nacimiento en diciembre de 1951 designando al mismo tiempo como soberano al Rey Idris, quien se convirtió en simple administrador de los intereses occidentales en esta naciente republica. Fue precisamente Gadafi en 1968 quien mediante golpe de estado y bajo la convocatoria de Gamal Abdel Nasser desde Egipto, quien logra la independencia de Libia y colocarla como un emblema del dominio árabe sobre sus propios territorios. Libia es un país cuya población en su inmensa mayoría vive en las costas del Mediterráneo con ciudades comunicadas por una sola carretera aunque sus riquezas petroleras se encuentren en las entrañas de un desierto de casi dos millones de kilómetros cuadrados. Con Gadaffi Libia de tener una población que vivía en la extrema pobreza ha logrado ubicarse como la primera en Desarrollo Humano y colocarse como la cuarta en PIB dentro de las estadísticas africanas.
Al cruzar estas dos lecturas sobre Libia se genera un entramado de posiciones donde la insuficiencia ética cierra caminos a la mayoría de soluciones puestas sobre el tapete. Lo único que pudiera llevar este conflicto a una salida política fundamentada en la moral seria que en este país se pudiera instalar una Democracia afincada en hábitos y valores auténticamente nacionalistas e independiente de cualquier injerencia de las grandes potencias extranjeras.
Son estos valores democráticos, donde no existan Jefes de Estado imbuidos de poderes absolutos y permanentes lo que legitima una acción conjunta en beneficio de un destino común para la humanidad. Esta reflexión hace oportuno recordarle a nuestro Presidente que al igual que le dijo a Obama que no se le ocurriera meterse con nuestro Petróleo, nosotros, sus connacionales, le decimos que tenga mucho cuidado con querer repetir en Venezuela el ejemplo de sus panas como Fidel, Gadafi, Mogabe, Lukachensko y compañía. jorgeeuclides@gmail.com
Lalin Izcaray la bautizó como el planeta Marina, Gerardo Castillo la recuerda como un país, puestos a consultar nostalgias muchos podrían ser los apelativos para recordar lo que significó esta residencia estudiantil para los caroreño que vivian en Caracas en las décadas de los setenta y los ochenta.
Todo comienza con la promoción de bachilleres del liceo Egidio Montesinos de 1968. Juan Bautista Perera se iba a Caracas a estudiar Derecho y frente a desarraigo tan doloroso tres de su cuatro mamás deciden mudarse con él. Lila, Chía y Carmen La Maguacha montan de esta forma una residencia en Los Chaguaramos, al principio con Ada Alvarez de Fernández y su hija Chedes como socias.
Los primeros residentes fuimos Tamakun, Checheito Herrera, Antonio Lozada, Humberto Oropeza, Carlos Zubillaga, Chimoíto Castillo, Felipe Izcaray, Hilarión y Javier Grillet, Juan Perera, quien escribe y Petra y Lila García, Zoraida Alba, Judy Verde y Miriam Álvarez.
Luego aparecieron futuros Ministros y Gobernadores como Rafael Orihuela, Víctor Hugo y su hermano Didalco Bolívar, Nono Sucre, el Checo Colomine, Enrique Meléndez, Yayo Oropeza, Macario, Juan José Salazar, Teba y Nanando y muchos más, caroreños unos y masistas el resto.
Pero ningún nombre puede referir la intensidad de sus anécdotas, las jornadas de filosofía etílica, las rondas entre bares, la afirmación de los espacios domésticos como plataformas de lanzamiento hacia la literatura, la música y los confines inéditos del talento y las ocurrencias caroreña.
Son muchas las cosas que podemos escribir sobre la quinta Marina y todas no serian suficientes para expresar lo allí vivido, por eso baste recordar algo que dijo sobre esta residencia Hugo Chávez Frías cuando como cadete la visitó junto a Tavito;” Una formidable y bella locura organizada en torno al espíritu creativo y al licor”.
Foto: La quinta Marina en la actualidad. (Foto cortesía de Javier Oropeza que andaba por Caracas hace una semana y Pedro Claver Herrera, asiduo visitante del planeta, se la mostró)